21 septiembre, 2008

Artículo en ABC de Jon Juaristi sobre Ana Pelegrín


JON JUARISTI. Domingo, 21-09-08
PELEGRÍN

«CUANDO te nombro, me vuelve a la memoria/ un valle, pálida luna en la noche de abril/ y aquel pueblito de Córdoba». Escucho el disco de los Chalchaleros en un homenaje estrictamente privado y doloroso a mi amiga Ana Pelegrín, que murió el pasado 11 de septiembre. Ana era de Jujuy, argentina de estirpe gallega, aunque alguna vez le dije, medio en broma, medio en serio, que el Pelegrín aquél debía disimular un Pellegrini del que habría heredado tres cosas: el don de la escritura, la sensibilidad para la fantasía y el misterio, y una desarmante ironía que sabía ser ferozmente dulce. Había estudiado en la universidad de Córdoba, donde fue alumna del atrabiliario Juan Larrea, mi paisano, que perpetraba versos vanguardistas en francés. Conociendo Córdoba y su universidad, en el magnífico claustro del que fue convento y colegio de jesuitas, uno se explica algunos rasgos fundamentales del carácter de Ana: su tenacidad y su modestia, que, contra lo que prescribe el tópico, son también hábitos muy argentinos de la provincia, más apacible que como la evocó Sarmiento.
Ana Pelegrín fue excelente en varios campos. Había en ella, ante todo, una formidable erudita que estudió a fondo la tradición literaria española de la infancia. Creo que desde los tiempos del sevillano Rodrigo Caro -cuyos Días geniales y lúdicros me descubrió (aún conservo los dos tomos de Clásicos Castellanos, con la dedicatoria manuscrita de Ana)-, no hubo quien se dedicara con mayor entrega a compilar los romances, letrillas, retahílas y trabalenguas de los niños, y a restaurar sus contextos dinámicos, los juegos y las danzas, con sus reglas correspondientes. En España nunca se prestó demasiada atención a las subculturas infantiles, ni a la cultura tradicional, tan relacionada con aquéllas. Contrasta este descuido con la floreciente cultura del niño en Alemania del XIX, que produjo su gran libro nacional, los Cuentos de la infancia y del hogar, de los hermanos Grimm, y, sobre todo, en Inglaterra. Salvo alguna excepción honrosa (Joan Amades en el área catalana), los impulsos vinieron de fuera, y la obra de Ana Peregrín ha sido, en nuestros días, el más decisivo y unificador, pues superó el confinamiento comarcal de los trabajos etnográficos y se propuso describir esa tradición mal conocida tomando como referencia el ámbito español. Desde su primer libro, Poesía española para niños (1969), hasta el muy reciente Cada cual atienda su juego. De tradición oral y literatura (2008), su producción comprende una abundante serie de ensayos, antologías y repertorios, entre los que confieso mi predilección por La flor de la maravilla (1996), un panorama deslumbrante de la poesía tradicional española de la infancia, desde el Siglo de Oro a la generación del 27, que en otros países habría sido pieza imprescindible de cualquier biblioteca familiar (me refiero a países con bibliotecas familiares, claro está). Ana tenía intuición y memoria infalibles, y recuerdo que una vez, conversando sobre el género del nonsense, tan apreciado en la Inglaterra de Edward Lear y Lewis Carroll y tan escaso en España, le recité un ejemplo que recordaba de mis años colegiales, y ella lo identificó al momento como un texto difundido por una revista infantil decimonónica, Momo. Al día siguiente, me envió la fotocopia de dicha publicación.
Pero Ana fue también una gran formadora de profesores, con ideas y principios claros y sólidos sobre la función de la enseñanza pública, de la que nunca desesperó, y que concebía, en su parcela, como el empeño en inculcar en los niños un amor exigente por la poesía de la tradición. Repaso viejas fotografías de hace tres décadas, de nuestras expediciones por tierras de Portugal y España, con Diego Catalán, tras los últimos testimonios del romancero, y busco en ellas su figura delicada hasta lo imperceptible. Cuando la encuentro y la nombro me viene a la memoria aquella inmensa fuerza interior que rebosaba en cada uno de sus gestos, y que no se podía definir de mejor forma que con el verso de Guillén que tanto le gustaba: «vivir que sólo en más vivir se sacia».

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