22 mayo, 2007

Dos mirlos en la terraza







Menos mal, qué alivio, la mierlita los ha localizado y cada quince o veinte minutos viene a darles de comer, gusanos sobre todo. Así todo el día, de forma incansable, sin respiro, sin pausa. Por la tarde comienza a llover, preparo una caja de cartón abierta por un lateral y encima una madera, intento molestarlos lo menos posible. Nuestra vecina nos trae el nido por si los mierlitos se sienten más seguros y confortables. Qué arquitectura, qué entramado de ramitas, una maravilla de diseño. Advierto que el color del nido es muy parecido al de los mierlitos, maravillosa y sabia naturaleza. Los dos mirlos dan saltitos, juguetean, se suben encima, pían incansablemente, abren el pico y miran hacia arriba, saben que su madre está cerca. Una visita rápida, lo justo para darles el alimento y echar a volar. De nuevo la calma, recién comidos se quedan quietos, reposando, así hasta que dentro de un rato vuelva la mierlita.

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