11 diciembre, 2008

Palabras de Mercedes Calvo en la entrega del Premio Hispanoamericano

Mercedes Calvo
Imagen tomada del blog de
Héctor Vargas Isita

He tenido la suerte, a través de Mercedes, de conocer el texto que desarrolló en la entrega del Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños el pasado 5 de diciembre en Ciudad de México, por su libro "Los espejos de Anaclara", y organizado por la Fundación para las Letras Mexicanas y el Fondo de Cultura Económica. Sus palabras son hondas, reflexivas y sabias, conocedoras del ser humano y de la poesía que lo nutre:

Debo confesarles algo: Cuando me presenté a la convocatoria a este Premio lo hice atraída, no tanto por la posibilidad de publicación del libro en una editorial de trayectoria y prestigio, no tanto por la dotación económica ni por el reconocimiento internacional. Todo eso lo consideré, sin duda. Pero había en la convocatoria una palabra mágica, una palabra que está muy unida a los recuerdos y vivencias más queridas. Esa palabra es México.
Estuve en México hace casi 15 años. Veníamos de un Congreso de Pedagogía en Cuba. Llegamos de tardecita y salimos a caminar. Y en una calle oímos música. Nos acercamos y nos quedamos galvanizados allí: los mexicanos escuchaban discos, y era la voz de nuestro Alfredo Zitarrosa lo que oíamos. Alfredo, tan nuestro como de ustedes; Zitarrosa, cantando en un país tan suyo como el natal, pues México lo recibió como a tantos compatriotas que aquí se refugiaron en tiempos oscuros para mi país.
El escuchar a Zitarrosa en una calle de México nos situó, nos ubicó, como esos carteles que en los planos nos indican: Ud. está aquí. Usted está aquí, en un país abierto, generoso, hospitalario. Y esa advertencia se vio subrayada en todos los momentos en que recorrimos el país, desde Ciudad México a Yucatán, en todas las ciudades y pueblitos que visitamos.
Volví enamorada de México. Jurando volver. Nunca se pudo.
Y ahora estoy acá, y aunque los amigos me dijeron “no va a ser lo mismo”, “vas a ver otro México”, éste que me ha recibido tan afectuosamente estos días que llevo aquí es “mi” México, es el mismo de hace 15 años. Cuando volvimos de aquel viaje (un grupo grande, de casi 100 personas) nos reuníamos para mirar los videos que habíamos filmado y nos sorprendíamos: todos habíamos visto cosas diferentes, no parecía que hubiéramos ido al mismo país. Por eso yo creo que las cosas están en los ojos del que mira, no fuera. Y hoy, como ayer, yo sigo viendo el mismo México.
A mi me gusta mucho lo artesanal, me gusta bordar, y voy de la aguja al papel como las personas que hablan dos idiomas y pasan con naturalidad de uno al otro, hasta mezclando palabras. A veces, el bordado me inspira un poema, a veces, a la inversa. Por eso me sentí muy identificada cuando leí que Enriqueta Ochoa guardaba sus poemas en papelitos arrollados entre sus ovillos de hilos.
Los amigos, que conocen esta pasión mía por lo artesanal, me previnieron: ahora vas a ver libros, no artesanías. Y sí, he visto libros y he visto una organización haciendo una labor increíble, valorando la poesía como raramente se hace, pero sobre todo valorando la poesía para niños, disciplina generalmente considerada marginal.
Me ha deslumbrado todo esto de la misma manera que los bordados de Oaxaca o la orfebrería de Taxco. Porque tanto en artesanía como en poesía vive la memoria de lo manual; el poema debe guardar la huella de los dedos, deben verse en él las manos del hombre.
Los dedos de los mexicanos trabajan la lana, el barro, la palabra, el papel… Y sale una vasija, o un poema ¿cuál es la diferencia? Una vasija tendrá sentido cuando alguien la tome y la utilice, beba en ella; un tejido sirve en la medida que proporcione abrigo a otro.
Yo no soy poeta. Simplemente he escrito poemas. Recién cuando alguien tome ese objeto, recoja lo que he hecho, lo lea, lo haga suyo, le agregue su historia, recién allí, nacerá la poesía.
No es éste un oficio superior. Simplemente tenemos una parte en el compromiso, en la dedicación y en la ternura, al trabajo de todos.
De modo que… gracias. Dice Neruda que cuando se dicen gracias se dicen muchas cosas más, que vienen de muy lejos y de muy cerca, de tan lejos como el origen del ser humano, de tan cerca como el secreto latido del corazón.
Gracias por darme esta oportunidad, por permitirme volver, pero, por sobre todo, por no fijar fronteras a la poesía.
El esfuerzo por un mundo mejor es de todos, y yo intento también poner mi granito de arena. Creo en el hombre porque creo en el niño.
Tal vez por eso estoy acá.
Muchas gracias.




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